El indulto y el aguafiestas

Daniel Luque, con el quinto toro de Garcigrande en Bilbao

EL SENSATO INCONFORMISTA

Por José Carlos Arévalo / Foto: Aritz Arambarri / Ilustración: Humberto Parra

Lo he repetido mil veces, el presidente de la corrida es el garante de los derechos del toro, del torero y del público. Sobre su labor antes de la corrida no se puede opinar. Es a puerta cerrada. Pero desde que se abre el portón de cuadrillas, el cantar es otro. Porque la corrida de toros es el espectáculo más democrático del mundo. No hay otro en que el público decida los resultados y los puntúe con extrema, apabullante minuciosidad. La oreja, las dos, el rabo, la vuelta al ruedo, la ovación, el silencio, los pitos, la bronca, la división de opiniones matizan lo que ha pasado. No hay otra función pública en la que  los espectadores  intervengan con tamaña y sonora influencia sobre lo que sucede en la escena. De hecho, en la plaza el público actúa, pone voz a la lidia, y el ole, ligado, acompasado, es la más genuina música del toreo. Y es que el público no solo es espectador, también es partícipe. Porque el público de los toros no solo es público, sino un coro activo que interviene, como hacían los coreutas en el antiguo teatro griego. Y los que por razón de nuestro oficio hemos visto toros en muchas plazas de todos los países taurinos podemos distinguir cómo la idiosincrasia de cada una condiciona el desarrollo de la lidia, incluso el toreo de cada espada…

Reconozco que es muy difícil presidir una corrida. Una vez presidí una novillada y no volveré a hacerlo. Me costó mucho obedecer a un público tan jaranero como aquél. Pero le obedecí. Y no volveré a subir a un palco. Otra cosa es que en la plaza haya miles de tontos y un listo, lo que por lo visto piensan muchos presidentes. Y en esto, el de la plaza de Bilbao bate todas las marcas. Por ejemplo, su negativa a conceder la segunda oreja a Daniel Luque, por un faenón descomunal, un éxito indiscutible y oportuno para la recuperación emprendida por Las Corridas Generales. Y si el presidente Matías hace lo que hace para defender el prestigio de Bilbao, raro es hacerlo descalificando a la afición de Bilbao.

Pero mucho peor es la actitud de casi todos los presidentes con el toro. Sé que es difícil evaluar la bravura; que el toro no la expresa siempre por sí mismo sino en función del torero que lo torea; que todos miramos más cómo se mueven los capotes y muletas que su embestida; que los espectadores nos identificamos con nuestro semejante en peligro y no con el agresivo animal que lo provoca. Lo que no interfiere en la posición dual del espectador taurino, de solidaridad incondicional con el hombre y condicionada con el artista. Y así debe ser. Responde a una ley, a la par ética y estética. asumida con espontánea naturalidad por el aficionado, que es coherente con su postura en torno al arte de torear. Para él. la bravura, por muy admirable que sea, es un medio, y el toreo, un fin. Y puntualiza: para disfrutar a fondo y valorar con tino el toreo resulta preceptivo disfrutar y valorar la bravura. En este sentido, me fascina la intuitiva y acertada valoración que el público español hace de ella. Se diría que el arte de torear y la bravura del toro pertenecen al inconsciente cultural de los españoles. Lo he comprobado en plazas de poblaciones donde se celebran muy pocos festejos taurinos.

A la inversa, me sorpende la ceguera, muy habitual de la máxima autoridad de la corrida, sobre todo con respecto a su cicatera valoración de la bravura. Hay gran cantidad de toros ovacionados en el arrastre que merecerían la vuelta al ruedo y hay también toros premiados con la vuelta al ruedo que merecerían el indulto. Por el contrario, en otras latitudes taurinas, como en México, la actitud del juez de plaza (presidente) es más distendida pero no menos rigurosa. Muchas veces premia al toro con arrastre lento sin que lo pida el tendido, sencillamente porque el toro lo merece. Y no recuerdo una sola ocasión en que el público lo reprobara. Pero debo aclarar que en México ha visto presidir corridas, en el mismo coso de Insurgentes, a grandes matadores retirados, como Jesús Córdoba, y a grandes aficionados, como lo comprobé cuando me entrevisté con ellos.

Los presidentes negarán la mayor arguyendo que ellos cumplen rigurosamente el reglamento. El que, reglamentariamente, sólo permite indultar un toro en plazas de primera fue un buen argumento cuando en dichas plazas se presentaba el toro en plenitud, pero desde hace unas décadas en algunas, Madrid a la cabeza, se lidia el toro grandón y cornalón, poco apto para el indulto.Todo lo dicho me trae el recuerdo de una frase que me dijo Paco Ojeda: "El reglamento es un libro escrito para los que no saben de toros". Tenía más razón que un santo, pero como todo gran creador, el maestro es un idealista. Sí, nadie niega que los buenos jueces interpretan la ley y no la obedecen literalmente. Pero en general, salvo muy notables excepciones, los palcos están presididos por hombres con más ínfulas que conocimiento. Esta antipática afirmación se basa en la reciente negativa de un presidente a indultar un toro de vacas, de Álvaro Núñez, en El Puerto de Santa María, y en la que un colega suyo hizo lo mismo en Málaga, negando la vida a un toro bravísimo de Victorino Martín.

Las dos decisiones, tomadas en cumplimiento de la normativa obsoleta de un reglamento ya erróneo cuando se promulgó, fueron dos escandalosos atentados contra la bravura, una portentosa obra genética que los ganaderos de bravo empezaron a trabajar de manera sistemática hace ya más de dos siglos siglos, cuando los toreros impusieron la lidia a pie. Su inaudito propósito consistió en convertir la agresividad innata del toro ibérico en bravura, o sea, el derrote en embestida y ésta en una elegante e interminable acometividad que, a veces, en nuestros días, aporta toros de una bravura inesperada, tan firme y bravía, tan "enclasada" e interminable, que si tiene en frente a dos grandes artistas, como fue el caso, el toreo se transforma en una coreografía irreal, en una sublime obra de arte.

Negar el indulto a estos dos toros geniales fue un atentado imperdonable a la historia del toro bravo, un desprecio al público soberano de la corrida y a los dos toreros. Impedir que se salvaran y procrearan esos dos prototipos de la bravura, de una bravura inimaginable, fruto de un par de siglos de selección de dos encastes señeros, fue algo vergonzoso. ¿Qué motivó a los dos presidentes? ¿La fidelidad del burócrata mediocre? ¿Darse el gustazo de decir “no” a varios miles de personas? Desde luego, ni el malagueño ni el gaditano eran aficionados a los toros. No hay aficionado que anteponga el cumplimiento de una normativa obtusa al espléndido espectáculo de la bravura. De aguafiestas con mando en plaza, líbranos Señor.  

Postdata: Cuando acabo de escribir estas líneas me entero por boca de mi admirado Domingo Delgado de la Cámara, en su programa "Al toro por los cuernos", que este fin de semana ha habido tres indultos en tres plazas del Rincón. Y le preocupa que la "indultitis" acabe con los toros de muerte. Reconozco que a día de hoy cualquier cosa es preocupante para la Fiesta. Por ejemplo, que los antitaurinos presenten al Congreso una ILP contra la tauromaquia, sea desestimada, y unos meses después la vuelvan a presentar y el Congreso la admita, es preocupante. Que se indulte la bravura paradigmática de dos toros, me anima. Significa que los aficionados valoran la bravura y su preservación. ¿Que extrañan tres indultos en un mismo fin de semana en una misma zona...? Pues sí, extrañan. Pero prefiero tu extrañeza a mi indignación.

En consecuencia, mi próximo artículo llevará el siguiente título: "La necesaria muerte del toro en el ruedo".






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